Madres, 40, Sueños


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Queremos que el post de hoy sea nuestro regalo para todas aquellas madres que os pasáis por aquí. Una pequeña reflexión que os haga ser conscientes de todo lo que sois y os motive a perseguir vuestro sueño por muy larga que tenga que ser la fecha de caducidad.

Leíamos hace unos días en una web sobre parenting británica, Mumsnet, que la edad de los 40 es una edad complicada para una mujer. Es la edad a la que la mayoría de las mujeres con hijos o cargas familiares renuncian definitivamente a su sueño. Es lo que se llama el castigo de la maternidad: mujeres agotadas que se sienten culpables por no ser suficientemente buenas en su trabajo, que tienen que cuidar a sus hijos y vislumbran ya que pronto tendrán que comenzar a cuidar a sus padres. Mujeres que poco a poco, a base de renuncias, van limando su autoestima profesional hasta decir basta y renunciar definitivamente a sus sueños, con el temor constante a no hacer bien las cosas en ninguna faceta de sus vidas.

A todas esas mujeres les queremos decir hoy que echen la vista atrás y hagan un ejercicio de reflexión. ¿Acaso la maternidad no les ha convertido en mejores profesionales? Sí, somos mejores profesionales desde que somos madres, aunque muchas de nosotras no seamos conscientes de ello. Y lo somos porque a la formación que hizo que nos contrataran y a la experiencia que hemos ido acumulando con los años le añadimos la inteligencia emocional que cada día vamos ganando gracias a nuestros hijos.

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Desde que soy madre salgo pitando de las reuniones del trabajo, eso que llaman networking ha desaparecido de mi vocabulario, tengo la sensación de que dejo las cosas a medias, que estoy constantemente haciendo malabarismos y que no doy suficiente en ningún sitio. Sin embargo, si lo pienso bien, sé que desde que soy madre me he convertido en una persona mucho más compasiva, menos autoritaria y más flexible; me preocupo cada día por tener más empatía, por ser más generosa, por hablar mejor, por saber enfadarme mejor, por escuchar mejor; por no buscar la excelencia con exigencia sino con motivación, por celebrar cada éxito y transmitir ilusión. Y lo hago mejor cada día, porque mi motivación es más fuerte que ninguna: mi motivación son mis hijos, y el ejemplo que sé que soy para ellos. Cada tarde intento enseñar a mis hijos a que expresen con asertividad aquello que no les guste, a que le hagan frente al miedo con recursos, a que antepongan siempre la generosidad a cualquier valor, a que sean perseverantes, busquen  su excelencia personal y la de su equipo en la motivación y a que sean optimistas y compasivos.

¿Y no es justo esto lo que se le pide a un líder? ¿Acaso no nos estamos convirtiendo estos años en grandes líderes? Las empresas destinan cada día más recursos a fomentar la inteligencia emocional de sus empleados y nosotras no nos damos cuenta de que aquí llevamos mucho trabajo hecho. Porque cada día desde que nacieron nuestros hijos practicamos habilidades emocionales y lo hacemos con una motivación mucho mayor que cualquier curso o workshop en nuestra empresa. Nuestra motivación por el cambio es la mayor que puede existir, es el querer ser ejemplo para nuestros hijos.

Desde aquí les queremos decir a todas esas madres que ven cada día como su autoestima profesional se va haciendo chiquitita que no renuncien a sus sueños sólo porque ahora mismo no los puedan realizar. ¿Quién dijo que nuestros sueños tienen que tener la misma caducidad que una bolsa de guisantes congelados?

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Seamos valientes para soñar con lo que de verdad queremos y aprovechemos esta etapa de la vida para trabajar poco a poco en nuestro sueño. No renunciemos a saltar por el trampolín solo porque ahora no podemos y aprovechemos estos años para prepararnos y entrenar.  Si no perdemos un ápice de confianza en nosotras mismas, el día de mañana, cuando decidamos saltar, lo haremos perfectamente preparadas y con una inteligencia emocional a nuestras espaldas que hará que los demás se alegren del salto.

¿Planes a 3, 5 ó 10 años vista? ¿Y por qué no? Sólo nosotras sabemos que eso no importa ¿Verdad?, porque cada día ejercitamos un músculo que se llama paciencia. Esa misma paciencia que todas las tardes ponemos en práctica con nuestros hijos será la que nos ayude a alcanzar nuestros sueños, aunque tengamos que esperar.

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Hoy nos gustaría deciros no renunciéis a saltar por el trampolín que os guste, porque aunque no lo sepáis cada día estáis más preparadas para ello. Soñad con lo que queréis, creed en vosotras mismas y trazad vuestra ruta de vuelo hacia ello, despacio, con paciencia y confianza, como solo las madres sabemos. Y si en algo creéis que debéis mejorar aprovechad ese tiempo para buscar los recursos necesarios que os hagan perder el miedo el día de mañana a tiraros por ese trampolín. Cuando dudéis u os hagan sentir que sois peores profesionales acordaros del cambio que seguro habéis experimentado desde que empezasteis a trabajar hasta ahora, y lo grandes que os estáis convirtiendo gracias a la inteligencia emocional que cada día intentáis practicar. Porque eso, vale mucho.

Esperamos que hoy os miréis al espejo, os dediquéis un momento a vosotras mismas y os deis cuenta de que cada día sois más y mejor. Sois mujeres, madres y tenéis sueños.

¡Sed felices!

 


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