Y tú, ¿que vas a hacer?


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Este post es una continuación de la reflexión que la semana pasada compartíamos sobre el talento de nuestros hijos (que puedes encontrar aquí). Hoy os queremos contar que no todo fue fácil para ese hombre que decidió invertir su única moneda en alimentar el talento de su hijo.

El padre de esa historia tuvo que superar momentos de escepticismo, de negación, de necesidad de reafirmación y de miedo antes de decidir confiar en su intuición y, lo que es más importante, en las cualidades de su hijo.

Apostar por aquello que hace felices a nuestros hijos cuando se trata de una faceta no convencional para la sociedad o distinta a nuestras expectativas o tradiciones familiares no es fácil.

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¿La escritura? Se dijo el hombre, ¿Apostar por la escritura? ¿Cuántos escritores llegan a ser famosos? ¿Cuántos hacen siquiera de la escritura un medio de vida? Vemos la vida a través de una finísima tela que se va tejiendo poco a poco y que a veces nos impide ver la realidad. Esa tela no es sino nuestra propia experiencia, nuestras vivencias pasadas. Tanto es así que cuando nuestro cerebro no tiene datos suficientes para sacar sus propias conclusiones acude por inercia mental a las vivencias pasadas que tiene almacenadas. Y así, muchas veces, nos proyectamos en nuestros hijos y creemos ver en ellos situaciones o experiencias que ya hemos vivido.

La experiencia es un activo fundamental en nuestras vidas, pero no puede ser el único”, se dijo el hombre, temeroso de que esa tela a través de la cual veía la vida se hubiese tupido tanto que le impidiese observar la realidad. Fue entonces cuando decidió reflexionar acerca de la formación y la capacidades que él creía que iba a necesitar su hijo para tener un futuro en la sociedad del mañana.

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El padre era consciente de que las cosas estaban cambiando, de que las titulaciones estaban perdiendo peso en los currículums a favor de las experiencias vitales y las capacidades personales. Sabía que muchas de las universidades más prestigiosas o las grandes empresas ya no seleccionaban a sus candidatos por las notas o por su formación, sino por algo mucho más global, por sus competencias y sus experiencias vitales. Sabía que probablemente su hijo no tendría siquiera un único oficio, sino que cambiaria de empresa y tal vez de ámbito de actividad en su trayectoria profesional. Era consciente de la importancia que tenía para su hijo, en una sociedad en la que jubilarse a los 65 parece algo insostenible, el trabajar en algo que de verdad le gustase, que le apasionase cada día.

Y, sin embargo, sus creencias, su experiencia pasada, la cultura heredada y los dictados de la sociedad continuaban obligándole a negar esa nueva realidad.

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Necesitaba buscar información que confirmase que la escritura podía ser un medio de vida, uno bueno. Tecleó en google “Cómo ganarse la vida escribiendo”; y un mundo nuevo se abrió en su pantalla. Desde redactores, a guionistas, editores, directores de gabinetes de prensa, medios de comunicación, etc eran profesiones en las que poder poner todo el talento como escritor. Algo más tranquilo se dijo a si mismo que tal vez la apuesta por la escritura no era tan descabellada.

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Y entonces llegó: El miedo. ¿No sería más fácil invertir la moneda en clases extras de matemáticas o de inglés dos días en semana? El miedo a que su hijo no triunfase, a que lo de la escritura fuese algo pasajero, a que tal vez ni siquiera fuese un verdadero talento, el miedo a perder el maravilloso tiempo de aprendizaje que para todo niño supone la infancia, el miedo a tantas cosas.

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Algo le hizo dejar de pensar en el futuro y concentrarse en el presente. Dejar todas las dudas a un lado y plantearse una única cuestión. “Creo que mi hijo tiene talento” se dijo ¿Y yo qué voy a hacer”. Se acordó de que el talento siempre lleva pasión. ¿Con qué era feliz su hijo”. Se acordó también que no hay talento sin humildad ¿Qué era aquello que a su hijo le gustaba compartir con los demás? De nuevo, todo le llevaba a ese cuaderno y ese lápiz con el que su hijo podía pasarse las horas muertas.

“Tal vez invierta mal mi moneda –se dijo entonces- pero la equivocación será aún mayor si habiendo descubierto el talento de mi hijo no apuesto por él”.

El 60% de nuestros hijos desarrollarán profesiones que ahora nos resultan desconocidas. Empresas como Google han declarado que el expediente académico no sirve como criterio para seleccionar a los candidatos (entrevista en el New York times al Vice President of People Operations at Google) . Se habla ya de la Industria 4.0, la fábrica inteligente y las nuevas necesidades profesionales que ello conlleva.

Y nosotros, ¿Seremos capaces de ver esa nueva realidad, de no aferrarnos a experiencias pasadas, de superar el escepticismo y el miedo para confiar en aquello que distingue a nuestros hijos?  Vale la pena intentarlo, ¿no?

Feliz fin de semana¡

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