La gran orquesta de nuestra vida


1 Partitura

Generalmente, cuando nos preguntan a qué nos dedicamos respondemos simplemente con la profesión o el oficio que en ese momento ocupa gran parte de nuestra jornada. Se nos olvida añadir, sin embargo, el trabajo más complicado y duro que cada día desempeñamos, el de directores de orquesta.

Es curioso como una de la profesiones más interesantes desde el punto de vista del desarrollo de personas presenta tantas similitudes con la complicada labor de ser padres.

Del director de orquesta depende que cada músico, por definición artista, con sus egos y sus miedos, se sienta reconocido, tenga su parcelita de atención. Del director depende que ese músico se sienta motivado, empujado a tocar cada día mejor, a ensayar más horas. Del director depende que el músico se sienta parte de la orquesta, que esté integrado, comprometido con el grupo, que se sienta un activo importante del mismo. Del director depende, en definitiva, que la música fluya.

Antoni Wit,Filharmonia Narodowavia

¿Cómo lograrlo cuando el director no es quien toca los instrumentos y no sabe tocar todos y cada uno de los instrumentos que conforman la orquesta ?

La misión del director de orquesta no es tocar los instrumentos, sino descubrir el talento de cada músico, sacar lo mejor de él, ver qué música se le da bien y ayudarle para que suene aún mejor, y ver cuál no se le da tan bien y orientarle hacia el éxito.

Nuestra misión como padres tampoco es estudiar las partituras por nuestros hijos, ni tocar los instrumentos, sino descubrir el talento de cada uno de ellos, aquello que se les da bien de forma natural, que les resulta fácil, sencillo, simple, que les hace felices y, en definitiva, les diferencia. Ahí es donde radica su talento, y ahí es donde, como padres, hemos de anclarnos y tirar, tirar y tirar, y gestionar todo su aprendizaje desde esta individualidad en la que cada uno de nuestros hijos podrá aportar valor a la sociedad.

Como directores hemos de lograr que cada uno de nuestros hijos se sienta especial. Porque lo son, todos los músicos del mundo son especiales, singulares. Y cuando nuestros músicos atraviesen momentos de inflexión, de falta de rumbo, de vacío, allí estarán los directores para gestionar el talento y tirar, tirar y tirar para ayudar a crecer al músico.

2 director

Inma-Sharavia

Qué difícil tarea ¿verdad? Y cuánto más difícil cuando los niños ya no son tan niños, sino adolescentes. Cuando creen que ya han ensayado suficiente la obra y que ellos solos tocan mejor que el director, cuando minusvaloran la labor del director, al que ven demasiado mayor para dirigir la orquesta, cuando creen que su grupo, su orquesta de teenagers es autosuficiente, una orquesta de verdaderos artistas que no necesitan director alguno, y mucho menos tan atrasado en gustos musicales, tan anclado en los clásicos.

Cuán difícil cuando han tenido la mala suerte de codearse con algún otro violinista que les ha dañado su autoestima, que les ha hecho creer que tocan mal, que por mucho que ensayen nunca serán verdaderos músicos, que no tienen talento. Es en esos momentos cuando el director debe confiar en la píldora mágica que les dio cuando eran músicos noveles, esa píldora en la que metió una buena dosis de autoestima y otra de humildad.

Desgraciadamente, el director de orquesta no tiene la oportunidad de ensayar en solitario, necesita al grupo para ensayar, experimenta en cada ensayo delante del grupo. Algo así nos pasa a los padres: no hay escuela en la que ensayar antes. Podemos leer, estar formados, estudiar a los clásicos de la música pero, a la hora de la verdad, cada día nos enfrentamos a ante un nuevo ensayo. Cuando se nos plantea un problema nuevo en el día, una contestación inesperada de nuestros hijos, un enfado, una desilusión, un suspenso, en ese momento tenemos hay la batuta en alza, estamos en el escenario.

2 Real

¿Cómo lograr entonces que la música fluya? Verdaderamente, no lo sé, estoy ensayando y, no creáis, que son muchas veces en las que creo que la batuta pesa. Pero lo que sí sé es que será más fácil que fluya si todos y cada uno de los músicos dan lo mejor de si mismos y la orquesta suena como un todo, y eso sólo se logrará gestionado el lado más auténtico y genuino de nuestros hijos, gestionando su talento.

Y luego, si el debut en la Scala de Milán fracasa, no pasa nada. Hay que levantarse, hablar de lo que ha pasado, aprender de los errores, ponerle más empeño y pasión que antes y volver a ensayar juntos, en grupo, hasta que la música fluya.

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